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UN CUENTO DE LA REVISORÍA FISCAL


Cuando era auxiliar de contabilidad, Diego observaba con curiosidad que un hombre vestido de traje gris que siempre llevaba consigo un maletín de cuero gastado en las esquinas y que era el terror de la señora de la cocina porque acababa casi con todo el tinto de la cafetera, visitaba una vez al mes la empresa donde inició su largo camino hacia convertirse lo que es hoy en día: Un colega tuyo, mío y nuestro.


El hombre del traje gris respondía al nombre de Jorge y detrás de su bonachón y bastante bien cuidado bigote y su característico hedor a nicotina, era el Revisor Fiscal de aquella empresa productora de elementos de plástico. Una vez al mes, solía pedir a Diego los balances de prueba de algunas cuentas, además, solicitaba prestado un bolígrafo que jamás regresaba y se encerraba con el gerente administrativo por espacio de una hora.

Al salir, firmaba los impuestos y radicaba una cuenta de cobro cuyo valor correspondía al 40% del salario mínimo vigente en aquel entonces y no se le volvía a ver sino un mes después, quizá cuando la tinta del esfero se agotaba y regresaba por uno nuevo, jajaja.


Diego creció con esa imagen de Revisor Fiscal y si bien nunca contempló la posibilidad del bigote bonachón y el hedor a nicotina, si confiesa que tiene una gran colección de esferos en su casa y que se encuentra bastante preocupado por varias situaciones que le hacen pensar que es un hombre afortunado.


Ocho meses pasaron sin que uno de sus clientes contestara correos electrónicos, sin que pagaran sus honorarios y en medio de una total incertidumbre, decidió redactar la carta de renuncia; un cliente menos, unos pesos menos...

-¡Una preocupación menos!- le dije cuando me comentó telefónicamente su decisión.


Diego no entendía mi teoría sobre la preocupación, quizá porque creció viendo el modelo de Revisor Fiscal equivocado y su mente se casó con la idea de hacer acto de presencia una vez al mes, firmar lo que hubiere que firmar y cobrar una suma moderada de dinero, que sumada a otras más, podían asegurarle una vida "cómoda sin mayor esfuerzo".


-¿Qué cree usted que pudo haber pasado en estos ocho meses sin tener noticias de las operaciones de su cliente?- Pregunté con suspicacia, sabiendo de manera anticipada que su respuesta sería: -Nada, Don Camilo. ¿Qué puede pasar? Son gente honesta, los conozco y no los veo haciendo cosas por fuera de la ley"- ... ¿Y qué creen? ¡Acerté!.


Diego renunció más por la ausencia de pago que por la falta de garantías para desarrollar su trabajo como Revisor Fiscal. ¿Vale la pena arriesgar tanto por tres pesos?. Entiendo que muchos de ustedes piensen que exagero, que la paranoia pudo haber invadido mis pensamientos tras llegar a mi onomástico número 39... Y si, ¡Es posible!. Pero después de estar atento a la normatividad que día tras día hace que la noble labor de la Revisoría Fiscal cuente con mayor nivel de responsabilidad, cualquiera puede caer en la paranoia.


Muchos insisten que el Revisor Fiscal debería ser pagado por el Estado Colombiano y no por las empresas obligadas porque palabras más, palabras menos (ojo que no lo digo yo, lo he escuchado a muchos) es como contratar una "barbarita" (Para los ajenos a la terminología, "barbarita" es sinónimo de "chismoso"). Bien, esas afirmaciones me llevan a pensar que existe un profundo desconocimiento incluso entre nosotros, de lo que significa la Revisoría Fiscal y más aún, de lo que implica ser un Revisor Fiscal. Se lo resumo a los incrédulos: "No contratan ustedes un asesor ni un coadministrador, tienen una garantía".


Y ahora, una imagen que vale más de mil palabras, compartida a este servidor por mi colega Linda Romero (Instagram: @misoporteamigo), de la ciudad de Bogotá:



Corresponde al Artículo 57 de la Ley 2195 de 2022. Está tibia, no es de ayer pero tampoco de hace años, es una ley promulgada hace poco y que en definitiva debe llevar a que tanto Diego como todos los Diegos que existan en la actualidad, tengan claro que esto de ser Revisor Fiscal no es nada más un "Firme y cobre", sino también una obligación de denunciar sobre todos aquellos hechos contrarios a la ley descritos en la imagen. -¡Tan bobos, eso no lo hace nadie! ¡Letra muerta! ¿No ve que si uno denuncia se queda sin el cliente, sin plata o incluso hasta puede peligrar su vida?.- Pensarán muchos... Y lo piensan bien, esto no es un juego y pienso que hace que la balanza no se incline más de lado de la cuchara y la manutención de la persona sino de lado de los riesgos inherentes a tamaña responsabilidad.






Y no lo digo yo, ¡Lo dijo la Tía Mey!.



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